La historia de Empawer, la marca que mezcla cocina disruptiva, comunidad y un sueño que vuela alto desde Modelia, al occidente de Bogotá.
Sergio Guerra nunca estudió cocina, es publicista, trabajó en agencias, trasnochó para otros y un día decidió que no quería seguir haciéndolo. Lo que vino después no fue un restaurante en el sentido convencional: fue una marca con alma, un laboratorio de empanadas “exóticas” y un movimiento comunitario.
Empawer nació en Modelia, un barrio al occidente de Bogotá, y desde ahí ha operado con una lógica que pocas marcas gastronómicas se atreven a sostener: primero el propósito, después el producto.
De la agencia a la cocina
La transición no fue impulsiva. Sergio describe su salida de la publicidad como el resultado de una insatisfacción acumulada — largas jornadas, creatividad relegada a los tiempos extra, la sensación de construir para otros lo que quería construir para sí mismo. Fue su esposa quien lo empujó a dar el paso.

Antes de las empanadas trabajó con emprendedores, llevó la comunicación de una tienda de productos para hombre y empezó a entender desde adentro lo que significaba pelear por lo propio. Un viaje a Europa terminó de encender la idea: vio unas “empanadas” de chocolate, otras de hamburguesa y se dijo que las haría. Las primeras fueron, en sus propias palabras, “horribles de apariencia”. Hasta que le agarró el tiro al repulgue.
Un producto que nadie estaba haciendo
La propuesta de Empawer no es solo ofrecer sabores diferentes. Es llevar la empanada — un producto profundamente popular y arraigado en la cultura colombiana — a un territorio donde nadie la había llevado: el de la innovación gastronómica deliberada, la colaboración creativa y la edición limitada.
Bajo el eslogan de “veci-friendly”, Empawer desarrolla colaboraciones con negocios vecinos en las que la masa es suya y el relleno es del otro: ha sacado productos de temporada con cochinita pibil, masa de dona y azúcar, empanizado en Trocipollo y su última creación, la “empasushi”, una genialidad cocreada con el restaurante Tavo, también de Modelia.
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Estas colaboraciones no son solo un mecanismo de ventas. Son una forma de construcción de audiencia mutua, de apoyo entre negocios locales y de generación de contenido que la clientela — descrita por Sergio como una comunidad fiel y encariñada con la marca — consume con entusiasmo. Hay clientes que compran la empanada en el restaurante colaborador y la traen a Empawer a comérsela, porque quieren la experiencia del lugar.
Las empanadas de temporada funcionan bajo una lógica clara: se lanzan, se miden, y cuando el interés empieza a enfriarse, se retiran. La empanada de pollo broster llegó a venderse 70 unidades diarias solo de ese sabor, y pasó de ser itinerante a permanente. Algunas temporadas se extienden porque la demanda lo justifica; otras salen y no vuelven.
Empawer, el movimiento que impulsa el barrio
Lo que diferencia a Empawer de otros emprendimientos gastronómicos con buena comunicación es que el propósito comunitario no es un mensaje de marca: es la operación misma. Sergio lo llama un movimiento amigable financiado por las empanadas, y lo describe con una frase que tiene en sus paredes: “Las empanadas son buenas, pero las intenciones, mejores”.

La galería Empawer exhibe trabajo de artistas, ilustradores y diseñadores del barrio; y en la tarima “Empawer Music” es un formato en desarrollo para conectar cantantes locales con la marca. La filosofía del lugar, que Sergio ancla en un versículo bíblico sobre el amor al prójimo, se traduce en una forma concreta de tratar a quienes entran: como si cada persona que cruza la puerta merece recibir lo mejor de uno en ese momento. Incluso los animales, para quienes también tiene empanadas.
El sueño que quiere coger vuelo
Sergio habla con naturalidad de querer que Empawer llegue a Seúl, a Singapur o a Brooklyn, ¿por qué no? Su sueño es que un colombiano en el exterior algún día señale una cadena de empanadas y diga “eso es de mi país”. Lo compara con Disney, con el legado de Walt, con la idea de que las grandes marcas empezaron desde la visión de una persona antes de tener los recursos para ejecutarla.
Pero también habla sin filtros de lo que cuesta sostener ese sueño. De que el negocio de las empanadas diversificadas es estructuralmente caro — muchas variedades, mucha producción, márgenes ajustados en un país donde la empanada es un producto de precio popular. De que tiene empleados en nómina cuando la mayoría del sector no lo hace, porque no quiere replicar las condiciones laborales que él mismo vivió en publicidad. De que hay momentos en que la sufre, pero al final vale siempre la pena.
“Lo hago por amor al arte y por saber si realmente puedo hacer lo que me imagino”, dice. Y esa honestidad — la de un emprendedor que no romantiza el camino pero tampoco lo abandona — es quizás la parte más valiosa de lo que Empawer tiene para enseñarle a cualquiera que esté pensando en construir una marca con propósito desde cero.
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