El cliente de restaurantes en 2026 cambia las reglas: McKinsey revela el nuevo punto de inflexión del sector

Lo más Leído

McKinsey revela cómo el consumidor de 2026 redefine el negocio de restaurantes: menos visitas, más delivery y un cambio clave en el motivo de consumo.

El reporte anual de comportamiento del consumidor de McKinsey diagnostica una industria bajo presión: el gasto en restaurantes se frena, los mayores de 45 recortan visitas y el domicilio avanza como canal dominante frente al punto de venta.

El sector de restaurantes en Estados Unidos llegó a un umbral que la industria venía aplazando desde la pospandemia. McKinsey & Company publicó su reporte anual sobre comportamiento del consumidor en restaurantes y el diagnóstico es preciso: aunque comer fuera ya representa más de la mitad del gasto en alimentos en ese país, el ritmo de crecimiento se desacelera. La inflación persistente, los aranceles y la incertidumbre económica han convertido cada visita a un restaurante en una decisión que el comensal sopesa con criterios distintos a los de hace tres años. Las implicaciones alcanzan a quienes operan múltiples puntos de venta, a quienes dependen del canal de domicilios y a quienes están construyendo o evaluando el modelo de cocinas ocultas.

El hallazgo que reordena el análisis no es el de la caída de tráfico, sino el de su distribución demográfica. Contra la intuición común que señala a los consumidores jóvenes como los primeros en recortar gasto discrecional, el reporte identifica a los adultos mayores de 45 años como el segmento con mayor intención declarada de reducir visitas en los próximos tres meses. Son, precisamente, los comensales con mayor capacidad de gasto histórico y con hábitos de consumo más consolidados en el canal presencial. Su retracción no es menor.

El segundo hallazgo con consecuencias operativas directas es el de la destrucción de valor percibido. Según McKinsey, la mala calidad y las porciones reducidas generan mayor insatisfacción que el precio. El comensal tolera un ticket elevado cuando la ecuación de lo recibido lo justifica; lo que no absorbe es pagar por encima de su referencia y encontrar una experiencia por debajo de ella. Para los operadores, esto tiene una lectura precisa: la palanca de retención no está en el precio sino en la consistencia de entrega. Un menú que promete y cumple retiene mejor que uno que descuenta.

La caída no es homogénea por formato. Las hamburguesas y la cocina americana de estilo casual son los segmentos más afectados por la contracción de gasto. En el otro extremo, el reporte identifica zonas de crecimiento sostenido: menús con proteína como protagonista, franjas de cena tardía y opciones de entrada accesible que permiten al cliente mantenerse dentro de la marca sin elevar el ticket. La segmentación por ocasión de consumo, no por categoría de precio, parece ser la variable con mayor poder predictivo.

La frontera que McKinsey describe como próxima es la personalización vía inteligencia artificial. El énfasis del reporte no está en la eficiencia operativa —argumento ya asentado en la industria— sino en la capacidad de adaptar ofertas por segmento y de profundizar la conexión entre la marca y el comensal individual. Los operadores que ya tienen infraestructura de datos —programas de fidelización activos, CRM con historial de pedidos, canales digitales propios— están mejor posicionados para ejecutar esa transición.

Pero el hallazgo con mayor impacto estratégico es el que reformula la naturaleza del negocio. Cuando McKinsey preguntó a los encuestados por qué salen a comer, el 53% respondió que para darse un gusto y el 45% para socializar. Solo el 38% mencionó el hambre o la sed como motivo principal. El restaurante dejó de ser, para la mayoría de sus usuarios, una solución de alimentación. Se convirtió en una ocasión: una cena de trabajo, una salida de pareja, un plan familiar de fin de semana.

Ese desplazamiento de motivos tiene una traducción directa en el vocabulario del marketing estratégico, específicamente en el marco analítico conocido como jobs to be done. El concepto, desarrollado por Clayton Christensen en Harvard, propone que el cliente no compra un producto ni visita un restaurante: contrata un resultado. “Quiero impresionar a mi cliente en una reunión de negocios.” “Quiero que esta cena con mi pareja justifique la salida.” “Quiero que mis hijos recuerden este sábado.” Cada uno de esos resultados tiene un conjunto de atributos que el operador debe cumplir para ganar la contratación.

El problema que el reporte expone, aunque sin nombrarlo así, es que una fracción significativa de los operadores del sector diseña su operación, su carta y su servicio bajo el supuesto de que el job central es alimentarse. Cuando el job real es otro —celebración, conexión social, reafirmación de estatus— el restaurante puede fallar en su propósito aunque la ejecución culinaria sea impecable. La brecha entre el job que el operador asume y el job que el cliente trae consigo es una de las explicaciones más robustas de la caída de recompra en formatos que técnicamente no tienen problemas de calidad.

El fast casual es el formato donde esa brecha se hace más visible. El segmento construyó su propuesta de valor sobre tres atributos: sabor aceptable, velocidad y precio relativo. Esa ecuación funcionó mientras el cliente salía por conveniencia o rutina. Cuando el motivo de salida se desplaza hacia la ocasión, el fast casual pierde su argumento central: el cliente que sale para vivir algo está dispuesto a pagar un poco más y a tomarse más tiempo, con lo cual prefiere un ambiente que le devuelva algo a cambio. El cliente que prioriza precio y velocidad, en cambio, resuelve su necesidad con el domicilio sin salir de casa.

El canal de delivery es, en ese contexto, el beneficiario estructural del reordenamiento. El domicilio crece a tasas consistentemente superiores a las de la visita al punto de venta no porque haya mejorado la tecnología de entrega —aunque lo ha hecho— sino porque captura al segmento que consume por funcionalidad y libera al restaurante físico para competir en el segmento que consume por experiencia. Para los operadores con múltiples puntos de venta, eso implica una decisión de posicionamiento que muchos están postergando: determinar qué canal sirve a qué job, y diseñar la operación de cada uno en consecuencia.

Lea también: 10 pasteleros colombianos competirán por el título más importante de la alta pastelería

Para quienes operan o evalúan cocinas ocultas, el reporte aporta una señal que va en dos direcciones. Por un lado, el crecimiento del domicilio consolida la viabilidad del modelo: si el cliente que busca funcionalidad pide desde casa, la cocina oculta tiene un mercado estructural. Por otro lado, el mismo reporte advierte que la lealtad en el canal digital es más frágil que en el presencial: el primer momento de verdad se produce ahora en la aplicación de pedidos, antes de que el producto llegue al cliente, y los operadores que no construyen marca en ese entorno compiten únicamente por precio en un canal donde el costo de cambio es mínimo.

La personalización vía inteligencia artificial, señalada por McKinsey como la próxima frontera operativa, adquiere mayor urgencia leída desde esa fragilidad. Los operadores de domicilios que no tienen datos propios del cliente —que dependen exclusivamente de los agregadores para llegar al comensal— están cediendo la relación de marca al intermediario. Construir infraestructura de datos propia, aunque requiere inversión inicial, es la diferencia entre operar en el canal digital y depender de él.

En Colombia, donde la expansión del canal de domicilios ha replicado con retraso las dinámicas del mercado norteamericano y donde el ajuste del comportamiento del consumidor sigue patrones similares aunque con variables locales propias —presión inflacionaria, concentración del gasto discrecional en los estratos medios-altos, rezago en adopción de herramientas de CRM—, el diagnóstico de McKinsey funciona como mapa anticipado. Sagaz, consultora presente en el mercado colombiano especializada en el sector de restaurantes, anuncia este mes sus talleres de Talento Humano y Mercadeo orientados a operadores locales, una señal de que la industria está buscando instrumentos concretos para procesar ese cambio de contexto.

El punto de inflexión que McKinsey describe tiene la característica de los cambios estructurales: no ocurre de golpe y por eso es fácil de subestimar en el corto plazo. Los operadores que lean el reporte como una advertencia táctica —ajuste de precios, rediseño de porciones, experimento con IA— capturarán algunas mejoras marginales. Los que lo lean como un diagnóstico estratégico —quién es mi cliente, qué job trae cuando cruza la puerta o abre la aplicación, qué operación necesito para cumplirlo— están leyendo el documento correcto.

evista Buen Gusto es la plataforma de información de negocios para los empresarios y profesionales del sector HoReCa en Colombia. Si desea mantenerse al día con las últimas noticias, tendencias, estrategias y consejos de la industria, suscríbase aquí También puede seguirnos en nuestro canal de Whatsapp

Tal vez le interese

SIAL PARÍS 2026: El evento que destaca e impulsa los negocios del sector agroalimenta

Cómo los restaurantes pueden monetizar el Mundial 2026

Lo último

Bienestar en restaurantes: la tendencia que transforma la experiencia gastronómica

El bienestar en restaurantes se ha convertido en uno de los factores que más influye en las decisiones de...

Más información

Esta web utiliza cookies propias y de terceros para su correcto funcionamiento y para fines analíticos. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad