A los 91 años fallece el estratega que transformó un pequeño local en la Caracas en un imperio gastronómico presente en 18 ciudades.
La consolidación del pollo asado como un producto de consumo masivo en Colombia tiene un nombre propio: Eduardo Robayo Ferro. El empresario, quien falleció este 21 de marzo de 2026 a los 91 años, fue el arquitecto detrás de una de las marcas más icónicas del país. Su esposa, Alba Lucía Gómez, confirmó el deceso de quien fuera el fundador de Kokoriko, cerrando así un capítulo de más de cinco décadas de liderazgo en el sector de alimentos y servicios.
El camino de Robayo hacia el éxito corporativo comenzó lejos de las cocinas industriales. Su formación se dio en el comercio directo, desempeñándose como joyero y gestor de cacharrerías, oficios que le permitieron desarrollar una lectura precisa de la demanda popular. En 1969, junto a Noé Cardona y Emilio Jordán, materializó esa visión al fundar la Compañía Comercial e Industrial de Aves (Avesco), organización que profesionalizó la venta de aves en el mercado nacional.
El primer hito operativo se registró en un local denominado Las Colonias, en la avenida Caracas con calle 63 de Bogotá. Allí se validó una propuesta de valor que desestabilizó la oferta gastronómica de la época: un menú de pollo asado, papa y arepa. Esta combinación, que hoy parece un estándar del sector Horeca, fue en su momento una innovación en eficiencia y rotación de inventarios, permitiendo una escalabilidad que la competencia local no podía igualar.
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Para 1971, el crecimiento de la marca se desplazó hacia Cali, donde oficialmente nació el nombre Kokoriko. Bajo el mando de Robayo Ferro, la empresa dejó de ser un restaurante de barrio para convertirse en una cadena nacional con procesos estandarizados. Esta metodología de expansión fue clave para que la organización sobreviviera a las fluctuaciones económicas de las décadas siguientes, manteniendo una presencia sólida que hoy alcanza los 80 puntos de venta.
El impacto de este liderazgo ha sido reconocido por diversos sectores de la vida pública. Figuras como el exalcalde Enrique Peñalosa resaltaron su capacidad como generador de empleo y su rol en la construcción del tejido empresarial colombiano. El fallecimiento del fundador de Kokoriko marca el fin de una era de emprendimiento familiar que logró competir de igual a igual con las grandes franquicias internacionales que ingresaron al país en años posteriores.

Diversificación estratégica: Del asadero al sector bancario
La rentabilidad obtenida con el negocio del pollo permitió a la familia Robayo ejecutar una diversificación de capital hacia sectores de mayor complejidad financiera. Durante la década de los 80, el empresario lideró la adquisición de Diners Club Colombia, movimiento que sentó las bases para la creación del Banco Superior. Esta transición de la economía real al sector financiero demostró la versatilidad de su visión de negocios, llevando el apellido Robayo a las juntas directivas más influyentes del país.
El grupo familiar no limitó su radio de acción y extendió sus inversiones hacia fondos de pensiones y el sector constructor. No obstante, la trayectoria del holding enfrentó momentos críticos de resiliencia, especialmente tras el fallecimiento de su hermano y socio, Antonio Robayo, en el atentado al Club El Nogal en 2003. Este evento obligó a una reestructuración interna del liderazgo, manteniendo a Eduardo Robayo como el pilar de la continuidad operativa de la marca insignia.
A nivel de innovación, la cadena bajo su dirección fue pionera en la implementación de estándares de calidad certificados por la norma ISO 9001. Asimismo, la compañía se adelantó a las tendencias de conveniencia al desarrollar centros de llamadas para domicilios y servicios directos al automóvil. Estas decisiones estratégicas permitieron que el portafolio se ampliara hacia líneas de productos apanados y hamburguesas, diversificando el ticket promedio de sus establecimientos.
La evolución corporativa alcanzó un punto de inflexión en el año 2000 con la integración de Helados Mimo’s al conglomerado Conboca. Esta estructura facilitó que en 2016 se pactara una alianza con la organización detrás de Andrés Carne de Res, consolidando una plataforma logística y operativa sin precedentes. Estos movimientos prepararon el terreno para que la familia Robayo direccionara el futuro de su legado hacia una administración de carácter institucional.
En 2017, la integración definitiva bajo el grupo Inmaculada Guadalupe y Amigos (IGA) marcó el retiro de la familia de la gestión directa. Actualmente, este conglomerado administra los activos que Robayo Ferro construyó desde cero, manteniendo la vigencia de la marca en un mercado altamente competitivo. A pesar del cambio en la propiedad, el modelo de negocio instaurado por el fundador de Kokoriko sigue siendo el eje central de la operación de la cadena.
El cierre de un ciclo en el empresariado nacional
La desaparición de Eduardo Robayo representa el adiós a uno de los últimos grandes pioneros del comercio del siglo XX en Colombia. Su capacidad para transformar un producto popular en una marca de valor nacional es un caso de estudio sobre eficiencia operativa y lectura de mercado. Con presencia en 18 ciudades, la infraestructura que deja el empresario es testimonio de una gestión que priorizó la expansión territorial y la fidelización del cliente a través de la calidad constante.
La reacción inmediata de analistas y colegas en redes sociales subraya el respeto que inspiraba su metodología de trabajo. Personajes como el periodista Fernán Martínez destacaron su disciplina y la capacidad de mantener una empresa familiar vigente por más de 55 años. Este éxito se atribuye a una cultura organizacional que combinaba la austeridad en el gasto con una agresividad constante en la toma de nuevas locaciones comerciales.
El legado de Robayo trasciende las cifras de ventas o el número de restaurantes abiertos. Su modelo de franquicias y su enfoque en la logística de abastecimiento permitieron que la industria del pollo asado se profesionalizara en todo el país. Hoy, el sector Horeca colombiano debe parte de su madurez técnica a los estándares que Avesco impuso desde finales de los años 60 para garantizar que el producto llegara fresco a cada mesa.
Aunque los detalles de su despedida final aún no se han hecho públicos, el reconocimiento a su trayectoria es unánime en los círculos económicos. El fundador de Kokoriko se retira dejando una organización que emplea a miles de personas y que forma parte del inventario de marcas más queridas por el consumidor nacional. Su historia es la de un joyero que encontró en la gastronomía el diamante más valioso de su carrera.
El vacío que deja en la junta directiva de la memoria empresarial colombiana será ocupado por las lecciones de resiliencia y diversificación que impartió en vida. Colombia pierde a un estratega nato, pero conserva una empresa que simboliza el éxito del emprendimiento local frente a la globalización. Al final, el mayor logro de Eduardo Robayo fue asegurar que su visión de negocio perdurara mucho más allá de su propia presencia física.
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