Pastelería Don Jacobo a liquidación: acumuló pérdidas millonarias. Su historia

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Tras 40 años de historia, la emblemática pastelería no logró cumplir su acuerdo de reorganización. Las pérdidas se acumularon.

La Superintendencia de Sociedades, bajo la dirección de Billy Escobar, ha confirmado lo que muchos analistas temían: la apertura del proceso de liquidación judicial simplificada de Industrias de Alimentos Don Jacobo S.A.S. La decisión marca el fin de una era para una marca que, desde su nacimiento en Bucaramanga en 1986, se convirtió en un referente de la repostería nacional.

Su caída es el desenlace de una crisis financiera que se profundizó de manera alarmante en el último bienio. Entre 2023 y 2024, la compañía reportó pérdidas que superaron los $900 millones, una cifra insostenible para una estructura que ya navegaba en aguas turbulentas. El golpe de gracia lo dieron sus ingresos de 2024, que se desplomaron a $12.423 millones, representando apenas la mitad de lo facturado el año anterior.

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Para una empresa como Don Jacobo, que operaba más de 60 puntos de venta en 10 ciudades, la estructura de costos fijos se volvió un ancla imposible de levar.

El fracaso de la reorganización y el adiós al “negocio en marcha”

La medida adoptada por la Supersociedades surge tras verificar el incumplimiento del acuerdo de reorganización al que la empresa se había acogido previamente. Según el ente regulador, la sociedad ya no cumple con la “hipótesis de negocio en marcha”, un término técnico que, en lenguaje de negocios, significa que la empresa carece de la capacidad financiera para seguir operando y generar los flujos necesarios para honrar sus compromisos.

Billy Escobar, superintendente de Sociedades, fue enfático al señalar que la liquidación simplificada, amparada en la Ley 1116 de 2006 y la reciente Ley 2437 de 2024, es una herramienta para cerrar de forma responsable sociedades que han dejado de ser viables. El objetivo ahora es proteger el patrimonio restante, salvaguardar el orden crediticio y garantizar que los activos se administren con total transparencia para responder a los acreedores.

La liquidación judicial simplificada implica el cese definitivo de operaciones, la identificación y valoración de activos y su eventual venta para pagar deudas según la prelación legal. Se trata de un cierre técnico para evitar daños mayores a trabajadores, proveedores y acreedores.

En los últimos años, esta figura ha ganado protagonismo como una vía para descongestionar procesos concursales y aceptar, sin eufemismos, que no todas las empresas logran sobrevivir a ciclos adversos prolongados.

El golpe es especialmente simbólico para la gastronomía, un sector intensivo en mano de obra y altamente sensible a variaciones en costos laborales, impuestos indirectos y caída del consumo. Cuando una marca con escala nacional no resiste, el mensaje para pequeños y medianos negocios es inquietante.

Desde la Superintendencia se insistió en que estas decisiones buscan preservar la seguridad jurídica y la confianza en el sistema empresarial. Pero en la calle, entre restaurantes, panaderías y cafés, el cierre de Don Jacobo se lee como otra ficha que cae en un dominó que aún no termina.

Con esta liquidación, se inicia el proceso de valoración y venta de activos para cubrir las deudas de la sociedad. Mientras tanto, el sector observa con cautela cómo una marca que llegó a ser sinónimo de celebración familiar desaparece del mapa comercial, dejando lecciones críticas sobre la urgencia de la eficiencia operativa y la flexibilidad financiera en tiempos de crisis.

El final de una historia dulce

La historia de Don Jacobo comienza mucho antes de que la marca se convirtiera en un referente nacional. Jacobo Álvarez Lastra nació en Santander y aprendió el oficio de la pastelería en casa, junto a su madre, en una época en la que no existían batidoras eléctricas ni procesos industrializados.

Amasar a mano fue su única posibilidad, y desde entonces el pan y los postres se convirtieron en un lenguaje cotidiano, casi natural, en su vida.

Aunque estudió Derecho y llegó a ser llamado “doctor” por su profesión, Álvarez entendió pronto que su vocación no estaba en los estrados sino en el horno. Tras casarse, tomó una decisión simbólica y práctica: pidió que dejaran de llamarlo doctor y lo nombraran simplemente “don Jacobo”. El cambio de título reflejó una elección de vida y una identidad empresarial que priorizó el oficio, la cercanía y la tradición sobre el formalismo.

Hace dos décadas llegó a Medellín y se instaló en el sector de Laureles, donde consolidó su propuesta pastelera y amplió su reconocimiento. Allí nació uno de sus productos más emblemáticos: la “Genovesa”, inspirada en un recuerdo doméstico, el de remojar pan o galletas en café, una práctica común en muchos hogares colombianos.

Aunque ha sido replicada por otros, don Jacobo siempre defendió que la suya conservaba un sello propio, guardado en el equilibrio de la receta y el método.

Más allá del negocio, Álvarez fue un observador atento de la evolución de la pastelería y la repostería en Colombia. En entrevistas insistió en la diferencia entre técnica y creación, entre pastelería como base estructural y repostería como expresión del mundo dulce.

Reconoció el impacto de las tendencias internacionales, el papel de las redes sociales y el regreso de clásicos reinventados, pero defendió el valor de lo simple, como la oblea con arequipe, su postre favorito.

Su legado también fue pedagógico y gremial. Convencido de la competencia sana y del trabajo colectivo, impulsó espacios de formación, ferias especializadas y encuentros entre profesionales del sector, como la Sweet Fair, que reunió a reposteros, estudiantes y expertos internacionales.

Hoy, con el cierre de Don Jacobo, esa historia personal —hecha de oficio, memoria y dulzura— se convierte en parte del patrimonio intangible de la gastronomía colombiana, incluso cuando la empresa ya no puede seguir operando.


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