Tras ocho años de historia y un crecimiento rotundo, Mario Díaz Granados anuncia el cierre de su restaurante. Las razones.
El cierre de un restaurante exitoso suele asociarse a crisis financieras o falta de clientes, pero el caso de Su Majestá el Cayeye rompe con todos los moldes tradicionales de la industria. Mario Díaz Granados, el rostro detrás de esta propuesta gastronómica en Bogotá, ha anunciado el fin de una era que comenzó en 2018 como una tabla de salvación familiar.
A pesar de haber conquistado un mercado inexistente en la capital y de haber transformado un puré de banano verde en un símbolo de resiliencia, la decisión de bajar la persiana responde a una búsqueda mucho más profunda y humana: la honestidad con el propio propósito de vida.
La historia del restaurante nació del azar y la necesidad, cuando una crisis económica y la enfermedad del padre de Mario obligaron a la familia a emprender desde su apartamento. Lo que inició como una operación doméstica para recuperar la estabilidad familiar, pronto escaló a niveles astronómicos. Díaz Granados, un administrador que dejó su carrera en una multinacional para dedicarse de lleno al negocio, se encontró liderando una “fábrica” que producía en tiempo real para un consumidor exigente. Sin embargo, en el camino descubrió que el modelo demandaba una energía que solo la verdadera pasión gastronómica puede sostener.
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Liderar equipos, estandarizar procesos y gestionar insumos perecederos son tareas que exigen un amor por la cocina que, según confiesa Mario, nunca terminó de encontrar. Aunque el negocio funcionaba y brindaba una vida cómoda, el emprendedor comprendió que el dinero no puede ser el único motor para enfrentar los retos operativos de un restaurante. Escalar la marca trajo consigo el desafío de lograr una oferta homogénea en múltiples locales, un reto técnico que terminó por agotar la batería emocional de un equipo que nunca soñó con ser restaurantero de oficio.
El éxito de saber cuándo retirarse
Al llegar el 2026, la familia se sentó a evaluar el futuro y concluyó que sus prioridades habían cambiado. Con nuevos proyectos individuales en marcha y la convicción de que un negocio gastronómico requiere una presencia absoluta para prosperar, decidieron dar por terminada la historia de Su Majestá el Cayeye. Para Mario, el éxito también se define por la capacidad de entender cuándo es el momento de retirarse, dejando atrás una marca que alegró la vida de miles de “cayeye lovers” en Bogotá y que hoy busca un nuevo legado.
Atrás queda una trayectoria llena de aprendizajes, desde los días en que repartían domicilios en transporte público hasta la consolidación de un local estratégico en el Parque de la 93. La marca, que nació del rechazo del banano de exportación para convertirse en un emblema de la región bananera del Magdalena, demostró que el mercado bogotano estaba ávido de raíces caribeñas. El cierre no significa la muerte del concepto, pues Díaz Granados ha dejado la puerta abierta para que alguien apasionado por la cocina continúe con el legado que su familia construyó por azar.
El aprendizaje final que deja esta travesía es una lección de vida para cualquier empresario del sector: la importancia de dedicarse a aquello que realmente apasiona. La vida no se trata únicamente de fama o reconocimiento, sino de sentirse pleno con la labor diaria. Su Majestá el Cayeye se despide en un buen momento financiero, pero con la coherencia de un equipo que elige la felicidad y el propósito personal por encima de la inercia de un negocio rentable.
Este cierre invita a reflexionar sobre la naturaleza del emprendimiento en la era moderna, donde la salud mental y la alineación con los objetivos de vida pesan tanto como los números verdes.
La gratitud hacia la comunidad que salvó el negocio en sus momentos más críticos queda grabada en la memoria de la marca. Aquellos seguidores que apoyaron la reestructuración de 2023 fueron el combustible final para llegar a este cierre ordenado y digno. Su Majestá el Cayeye se va por el respeto que sus dueños le tienen al oficio del restaurantero, un arte que, para ellos, merece ser ejercido con un amor que hoy ellos prefieren sembrar en otros horizontes.
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